La Opinión
Suscríbete
Elecciones 2023 Elecciones 2023 mobile
Columnistas
Las cabañuelas
Los campesinos se guiaban para el cultivo de las cosechas por la luna y según los cambios de ella, sabían cómo iban a ser los frutos.
Martes, 17 de Enero de 2023

Nos contaban los abuelos que los tiempos de antes eran muy sencillos de vivir. La vida era fácil, sin complicaciones, sin solemnidades. El medio de comunicación más rápido era el caballo y la comunicación entre personas se hacía por medio de cartas que llevaban los correos de pueblo en pueblo. El correo era una persona muy rápida al caminar y fuerte para cargar encomiendas al hombro.

En cada pueblo había un teléfono público a donde llegaban todas las llamadas y un encargado citaba al interesado a la oficina de teléfonos. Existía también la oficina de telégrafos, por el medio del cual se enviaban telegramas por el sistema morse, de puntos y rayas, que el telegrafista traducía a letras. Se sabe, por ejemplo, que el papá de Gabriel García Márquez era uno de aquellos telegrafistas, que recibían y entregaban mensajes sintetizados: “mañana llegaré esa”, por ejemplo.

No existían relojes y los días eran largos pero alcanzaban para muchos oficios. La norma general decía: “Levántate con las aves y acuéstate con el sol”, es decir, levántate muy temprano y no trasnoches. El sol marcaba los diversos momentos según la sombra que fuera proyectando. De tal manera que los alimentos se consumían a la hora precisa y solo había espacio para el trabajo y algunas reuniones sociales de cuando en cuando.

La gente se moría de vieja y los sepultureros debían buscar otros trabajos. Parece ser que la muerte no se detenía en las veredas o los pueblos pequeños. Las costumbres sociales eran muy sencillas: Ir a misa los domingos, trabajar de sol a sol, comer mucho alimento sano de los que produce la tierra y criar hijos con buena formación y deseo de servicio a los demás.

Los campesinos se guiaban para el cultivo de las cosechas por la luna y según los cambios de ella, sabían cómo iban a ser los frutos y las cosechas. Se sabía que el verano era en meses fijos, que agosto era el mes de los vientos, que en abril había lluvias mil, que noviembre era el mes de los aguaceros y las ánimas y diciembre traían la alegría de los pesebres. Hoy no se sabe si es verano o es invierno porque el clima anda loco y cualquier día de sol se puede desgajar un aguacero.

El mes de enero tenía unas características especiales pues a cada día le asignaban un mes para saber cómo sería el comportamiento del clima. Este sistema se llamó las cabañuelas, según las cuales como fuera el clima el dos de enero así sería el clima durante todo el mes de enero. Si el tres de enero llovía, febrero sería un mes lluvioso. Y así sucesivamente cada día correspondía a un mes del año y no había pierde. Los agricultores sabían que en junio, por ejemplo, haría veranos ardientes porque el siete de enero había sido de mucho sol.  El campesino entonces preparaba la tierra de acuerdo con las cabañuelas o sea el comportamiento del clima durante el mes de enero.

¿De dónde salió la costumbre de tener en cuenta las cabañuelas para la vida campesina? No se sabe exactamente una respuesta. Algunos dicen que los indígenas se guiaban por las orientaciones de la luna y que es desde allá de donde se han tomado las enseñanzas del tiempo y las variaciones de su clima. Otros dicen que es una herencia española pues ya los cultivadores de España se guiaban por las cabañuelas en asuntos agrícolas. Sea lo que sea, lo cierto es que las cabañuelas pasaron de moda y ahora nadie sabe si el mes entrante será de lluvia o verano.

gusgomar@hotmail.com

Temas del Día