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Rememorando al doctor Jacinto
Él fue el único que, sin haber dibujado jamás las letras del abecedario, fue graduado de abogado en la universidad,
Domingo, 13 de Septiembre de 2015

Quienes personalmente lo conocieron sabían que se trataba del único loco a quien por una decisión de la justicia, fue declarado cuerdo. Y no solo eso, sino, además, el único que, sin haber dibujado jamás las letras del abecedario, fue graduado de abogado en la universidad, en un acto solemnemente imaginario al que asistieron algunos magistrados del Tribunal que, para entonces, se desempeñaban como profesores, los que fueron acompañados de poetas y escritores de encumbrada pluma, que veían en la burlesca parodia del recién graduado, una escena digna de ser considerada de mayor seriedad, que otras de inescrupulosa y vergonzosa trascendencia profesional.

Pues bien, este hombre que antes se había desempeñado como lustrabotas, vendedor de lotería, lavador de carros, celador nocturno y hasta miembro auxiliar de la Defensa Civil, cargo por el que obtuvo licencia para portar revólver, en su momento también se hizo llamar “Patrullero 45”, actividad que ejercía con toda la seriedad de un sheriff del lejano oeste, que atravesaba marcialmente el centro de la ciudad, acompañado de una camisa a cuadros manga larga, pantalón oscuro abombado, botas tipo vaquero, correa gruesa de cuero con hebilla metalizada, en cuyo centro refulgían cuidadosamente brilladas dos balas cruzadas entre sí, en señal de disposición de duelo permanente. Lo que desconocían los potenciales contrincantes era que el lustroso revólver 38 largo, que orgullosamente lucía, era apenas un cachivache que, al igual que los espantapájaros, no tenía la más remota capacidad de reacción frente al enemigo.

El día que se recibió de abogado, cambio su atuendo texano, por el riguroso traje negro de paño inglés confeccionado en España, que había pertenecido a su amigo, Eduardo Cote Lamus, de quien testamentariamente heredó toda su indumentaria, a excepción de su aristocrática barba triangular que jamás pudo exhibir, dada su etérea condición de lampiño absoluto.

Dicen quienes conocieron el texto del documento que en vida firmó el poeta y exgobernador, que la justificación para declararlo heredero universal de todos sus trajes, camisas, corbatas y zapatos, era el tener la plena seguridad de que ninguno de los personajes por él tratados calzaba tanto a la medida de un poema suyo de corte exclusivamente sub-realista.

De ahí, que era el único de sus amigos que no necesitaba de audiencia previa para traspasar, sin anunciarse, la protocolaria puerta de su Despacho.

Cuentan que en ocasiones estuvo a punto de causarle un infarto al secretario privado del señor Gobernador, quien acostumbraba responderle a Jacinto, cada vez que preguntaba que si el mandatario se encontraba, que efectivamente sí, pero que se hallaba en junta de gobierno. Entonces, con la mayor frescura le decía: “me sirve” y se introducía al salón principal. En otras ocasiones hacía la misma pregunta y el secretario la respondía: “sí, pero esta en junta de hacienda” –Jacinto, de manera socarrona, volvía a decirle: “me sirve” y nuevamente traspasaba la puerta.

Quienes le entregaron el diploma tuvieron el especial cuidado de escribir que sólo podría ejercer en derecho mortuorio. Recibido el título abrió oficina en el cementerio central y al poco tiempo se instaló en los Jardines la Esperanza y San José, donde atendía con lujo de competencia su adolorida y selecta clientela. En sus tarjetas de presentación se observaba la siguiente leyenda: “Doctor Jacinto Hernández Contreras. Abogado en derecho mortuorio. Defensas ante el ser supremo, audiencias, rezos y novenarios. Enfrentamientos con satanás, si fuere necesario. Triunfo absolutamente asegurado. Tarifas a la medida del muerto y del bolsillo”.

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