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El día que García Márquez hizo de Estocolmo una ciudad del Caribe

Hace cuarenta años las músicas y el arte colombianos acompañaron la ceremonia de entrega de los premios Nobel.

La imagen está impresa en uno de los lados del billete de cincuenta mil pesos: vestido de liqui liqui Gabriel García Márquez escucha los aplausos de una audiencia compuesta por aristócratas europeos, sabios de todo el mundo y amigos del escritor colombiano que se diferenciaban del resto por llevar una rosa amarilla en el pecho. Luego de recibir el premio Nobel de literatura y de estrechar la mano del rey Carlos XVI Gustavo, el fabulista de Aracataca mira con expresión de estatua un público que lo ovaciona con el rigor de la etiqueta escandinava. 

El diez de diciembre de 1982 a las cinco y cuarto de la tarde –hora sueca–, el autor de Cien años de soledad, de El coronel no tiene quien le escriba y de Crónica de una muerte anunciada –entre otras novelas, reportajes y libros de cuentos– se convirtió en el colombiano más famoso del siglo XX.

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La semana del ascenso de García Márquez a la gloria comenzó el martes siete de diciembre, en La Habana, Cuba. El itinerario de la familia García Barcha inició en el aeropuerto José Martí: un avión los llevó a Madrid y de allí –donde se encontraron con la comitiva colombiana, compuesta por amigos del escritor y periodistas– a Estocolmo, Suecia. En total, García Márquez estuvo en el aire dieciocho horas, un remedio para el miedo a las alturas y el pavor a los aviones. En la ciudad del premio, durmió en la suite 239 del Grand Hôtel, el cuarto que desde 1901 recibe a los ganadores del Nobel de Literatura. Ya allí, García Márquez cayó en la cuenta que viviría por una semana bajo el mismo techo que alguna vez cobijó a William Faulkner, a Ernest Hemingway –sus maestros en el terreno de las ficciones de largo aliento–, a Gabriela Mistral y a Pablo Neruda.

Una vez vencida, al menos en parte, la aerofobia, García Márquez se enfrentó a otro miedo: el de dar discursos. Esa semana dio dos discursos: el primero el nueve de diciembre –La soledad de América Latina– y el segundo el diez –Un brindis por la poesía–. El primero es una pieza retórica que pone en el escenario cuestiones importantes de la región: el autoritarismo, las relaciones de América Latina con Europa y la fantasía como herramienta para entender la historia del continente. El segundo es mucho más breve y consiste en un recuento de los poetas importantes en la vida de lector de García Márquez. En ninguno de los dos García Márquez habló de sí de manera abierta, asumió, más bien, la vocería de los latinoamericanos.

Posterior a la ceremonia de entrega de los galardones, la comitiva de los sabios y de los aristócratas se desplazó al Palacio del Ayuntamiento, donde se llevó a cabo el banquete en homenaje a los laureados. También fueron los amigos de García Márquez, escogidos por Guillermo Angulo: Alfonso Fuenmayor, Tita Cepeda —la viuda del Álvaro Cepeda Samudio—, Hernán Vieco, Gonzalo Mallarino, Rafael Escalona, Fernando y Teresa Gómez Agudelo, Álvaro y Carmen Mutis, Plinio Apuleyo Mendoza, Álvaro Castaño Castillo y su esposa Gloria Valencia de Castaño. Muchos de ellos han consignado sus recuerdos de la ceremonia en libros, artículos, entrevistas y documentales. También fue Eligio García Márquez. Mercedes, por supuesto, y Gonzalo, el mejor de los García Barcha. Rodrigo —el mayor— no fue a la ceremonia ni a Estocolmo: el trabajo en el set de rodaje de una película inspirada en La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, dirigida por Ruy Guerra, le impidió ir.

Luego del brindis del rey en memoria de Alfred Nobel, los mil trescientos asistentes presenciaron, primero, el acto del grupo de la sociedad coral de Estocolmo. Minutos después, García Márquez –sentado entre la princesa Cristina y la esposa de uno de los Nobel de medicina– vio a la delegación de artistas colombianos transitar por los pasillos del comedor: estaban vestidos con los atuendos típicos de las diferentes regiones del país. Llevaban sombreros, ponchos, carrieles, alpargatas, máscaras de carnaval y atuendos de fiesta. Los acordes del currulao Mi Buenaventura –escrito en 1931 por Petronio Álvarez–, interpretado por Leonor González Mina, la Negra Grande de Colombia, rompieron la rigidez del protocolo. También Totó La Momposina cantó y bailó en las escaleras del recinto.

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Los grupos participantes en el pequeño carnaval fueron seleccionados por Gloria Triana, la entonces directora de la Oficina de Festivales y Folclor de Colcultura. Triana hizo una muestra de diferentes regiones de Colombia. Invitó a músicos del Caribe —Poncho y Emilianito Zuleta y sus acordeoneros—, a bailarines de la región Andina —el colectivo Danzas del Ingrumá, de Riosucio, dirigido por Julián Bueno—, y a copleros de los Llanos orientales. Ese despliegue de cultura y danza llevó a los suecos a sentir en su propia ciudad el calor del trópico.

La literatura crea palabras que ayudan a entender la realidad. Más allá de la fama, la estatura cultural de García Márquez se mide por la importancia de su universo para hacer comprensible las desmesuras de América Latina y del Tercer Mundo. El Gobierno de Colombia –entonces presidido por Belisario Betancur– estuvo a un paso de enviar en barco rumbo a Estocolmo a 1500 músicos y bailarines. Al final la idea –que pudo hacer parte de algún texto del genio de Macondo– encalló porque un funcionario supo lo evidente: el frío del viaje haría estragos en una tripulación no entrenada para encarar los riesgos del mar. La prensa internacional no tuvo que buscar mucho para dar con la palabra adecuada para describir la situación: usó el término macondiano.

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Colprensa
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Domingo, 11 de Diciembre de 2022

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