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Jairo García, cantante, tallador y decorador con frutas

Domingo, 21 de Noviembre de 2021
Del Catatumbo salió para Venezuela y se quedó en Cúcuta

El arte navega por sus venas y lo expresa de cualquier manera. Jairo García Galván solo necesita mirar o escuchar para inspirarse. Así ha ocurrido con la música y con el oficio de tallar piedras y madera. No ha estudiado en academias, pero la experiencia le ha sacado callos en sus manos y ha afinado la garganta para interpretar vallenatos, rancheras y música llanera.

Este hijo de La Playa de Belén, esa tacita de plata que ostenta el título de Bien de Interés Cultural de Carácter Nacional, Monumento Nacional de Colombia desde el 2005, llegó a los trece años a Cúcuta, acompañado de sus padres y once hermanos. Aquí recorrió las calles vendiendo mercancía hasta  convertirse en un polifacético hombre que agudiza sus oídos y sus ojos para aprender como una esponja.


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‘Pasó al otro lado’ cuando tenía 19 años y en San Cristóbal se enamoró de la magia del arpa, de la música llanera, escuchándola en la radio y en los negocios y llegó a interpretarla como su ídolo Reynaldo Armas, a quien imitó en el reality de televisión de Caracol ‘Yo me llamo’ en el 2013, pero en ese entonces Jairo Martínez y Luz Amparo  Álvarez no le dieron el sí.

Jairo García

Sin embargo, insistió  en el 2014, pero no pasó todos los filtros. En el 2018 le faltó poco para convencer al jurado. Este año no se enteró de las convocatorias, pero aún persiste en continuar emulándolo.

En Venezuela cantó en muchos estaderos y recorrió el oriente invitado como artista. Fue una faceta exitosa que recuerda con nostalgia.

García Galván había adiestrado su garganta con vallenatos en Colombia e interpretó canciones del repertorio de los juglares tradicionales. También se le midió a las rancheras  y por simple placer amenizaba restaurantes en Cúcuta y Los Patios. Sin embargo, la música llanera lo envolvió de tal manera que grabó un álbum con varias canciones de su autoría y de otros intérpretes.


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Jairo García

Y en San Cristóbal aprendió también a transformar las piedras, a inyectarles vida de animales, con solo mirar un búho que llevaba un joven de la calle. Se retó y dijo “eso lo hago yo”. Buscó un cuchillo y un destornillador y entre golpe y golpe fue moldeando hasta lograr la figura del animal. Y así  prosiguió con ardillas, tortugas, micos, hasta completar un zoológico.

Instrumentos musicales como el arpa, el cuatro, guitarras, y hasta desnudos logró tallar. Los turistas italianos, franceses y portugueses valoraban sus obras y se convirtieron en sus asiduos compradores.

La crisis en Venezuela y la llegada del nuevo coronavirus lo hizo regresar a Cúcuta, dejando atrás a sus amigos, al taller de tallar piedras y los estaderos donde solía cantar música llanera.

En esta franja fronteriza empezó de cero. Alquiló una casa en la zona industrial que le sirve, el primer piso, para guardar las piñas que le traen de Lebrija, Santander, e invitar de vez en cuando, a un joven grupo de venezolanos que lo acompaña cuando canta ‘El cardenalito’ o ‘A usted’ del afamado Reynaldo Armas.

Jorge González llega con las maracas, Omar Ordóñez con el arpa y Ricardo Durán, con el cuatro. Ahí en ese negocio, de vender piñas y guarapo, alegra la zona y calienta la garganta para que no se le ‘oxide’.

Su negocio no pasa inadvertido porque un gigante barril decorado en madera tallada, en forma de piña, invita a detenerse. El año pasado, mientras se resguardaba en casa cristalizó la idea de la gigante piña. Buscó  palos de escoba y les iba dando la figura de los ‘ojos’ de la piña. Tuvo todo el tiempo necesario para pulir, hasta que armó ‘el caparazón’ del termo donde echa el guarapo.

A su clientela la atrae, con su genialidad que plasma en las decoraciones que hace con la piña que usa como base para transformarla en animales o decorarla de acuerdo con la ocasión. Posee todas las herramientas que le sirven para sacarle el jugo y trabajar con la mera estructura.

Lo han contratado para eventos especiales donde hay bufet y recrea la mesa con patillas, dándole formas de barcos, donde la fresas y el mango juegan un papel preponderante.

Jairo García se amañó en esta tierra  a la que considera la prometida, porque de aquí se fue y regresó donde le está dando rienda suelta a su alma de artesano, ese que explora con su voz y sus manos.

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Celmira Figueroa
Celmira Figueroa

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