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¿Alguna de las vacunas contra la COVID-19 lo tiró a la cama?

Lunes, 29 de Noviembre de 2021
La edad de quien la recibe y el tipo de biológico pueden influir. No se relaciona con la respuesta inmune.

Es probable que tenga un familiar, amigo o conocido (incluso pudo pasarle a usted mismo) al que alguna de las dosis de la vacuna contra el COVID-19 le produjo efectos secundarios evidentes –fuertes en algunos casos− como dolor de cabeza, malestar general o fiebre.

Todos ellos son efectos esperados para cualquier medicamento biológico como lo son las vacunas: agentes que, si bien son extraños, no son una amenaza real, pero le ayudan a protegerse de las que sí lo son.


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De forma natural su sistema inmune responde ante cualquier agente extraño (desde un microorganismo hasta una astilla clavada en un dedo) y por eso suelen aparecer síntomas que son señal de que está trabajando para defenderlo (dolor, hinchazón, fiebre), algo que puede ser más o menos evidente dependiendo de cada persona.

Esta última variable (la de individuos), aunque parezca obvia y reiterativa, es la que más influye en el hecho de presentar o no síntomas asociados a una vacuna.

Ahora bien, lo más inquietante: ¿Qué significa haberlos tenido? ¿Estoy más protegido?

Lo que no se ve

El objetivo de toda vacuna es “despertar” su sistema inmune ante un patógeno específico (para que lo defienda y sepa cómo hacerlo aún cuando avance el tiempo) sin ponerlo en riesgo a usted.

En ese sentido, es entonces normal que tras recibir una de las dosis algunas personas sientan molestias. ¿También es normal no sentirlas? Sí, también es normal, los síntomas posteriores no tienen nada que ver con la calidad de la respuesta del sistema inmune, con haber quedado “mejor” o “peor” protegido, en este caso específico, ante el SARS-CoV-2.

¿Por qué? Sencillo, de acuerdo con los especialistas consultados, y en coherencia con cómo funciona el sistema inmune, lo que ocurre a nivel celular (microscópico), es decir, lo que al final es lo verdaderamente importante para hablar de protección, no siempre puede sentirse ni percibirse a simple vista, pero, ocurre.


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Así, alguien que tuvo, por ejemplo, malestar general y fiebre después de una de las dosis de la vacuna contra covid pudo haber quedado con una respuesta robusta o débil, lo mismo ocurre con alguien que no tuvo síntoma alguno.

¿Quiénes lo sienten más?

El tipo de efecto secundario y su intensidad varía de persona a persona. No es fácil determinar qué le dará a quién. “Son tan individuales como las personas mismas”, señala el inmunólogo, docente y coordinador del Laboratorio de Ciencias Básicas Médicas de la Universidad de los Andes, John Mario González.

Así mismo, el especialista explica de forma técnica que la inmunogenicidad (la activación del sistema inmune y su respuesta) es independiente de la reactogenicidad (los efectos del biológico en quien lo recibe, leves o graves).

No obstante a esto y lo distinto que puede ser cada organismo, con las vacunas contra el covid-19 se han identificado algunas constantes.

El docente de la Universidad CES, Carlos Aníbal Restrepo, PhD en Ciencias de la Salud, comenta que se sabe que en los jóvenes los síntomas asociados a la aplicación de las vacunas son más frecuentes, “porque suelen tener una respuesta inmune más fuerte”.

Quienes son adultos mayores (con 60 años o más) se sabe que, de acuerdo con los resultados de los estudios de efectividad, al presentar inmunosenescencia (envejecimiento natural de su sistema de defensa) pueden tener una respuesta más débil (y menos síntomas), sobre todo en lo que respecta a los anticuerpos.

De igual modo, es conocido que aquellas personas que, independientemente de su edad, tengan enfermedades o estén en tratamientos que afectan su sistema inmune también podrían tener problemas con la calidad de la respuesta inmunológica.

Ambos factores (inmunosenescencia e inmunodeficiencia) pueden afectar la capacidad de protección ante cualquier tipo de enfermedad (no solo COVID-19), por eso a este tipo de individuos tiende a prestárseles mayor atención y hacérseles seguimiento.

En este orden de ideas, siempre son priorizados en los planes de vacunación y, más recientemente, en el acceso a las dosis de refuerzo.

Una buena o mala respuesta del sistema inmune depende de otros asuntos más específicos y no de qué tanta sintomatología tuvo o no después de la aplicación.

Más que la marca, el tipo

Otro factor que ha sido identificado como influyente en la generación de síntomas comunes es, más que la marca, el tipo de plataforma que se reciba, continúa Restrepo.

Las vacunas que están siendo aplicadas actualmente en el país son de tres tipos: ARN mensajero (Pfizer y Moderna), vector viral (AstraZeneca y Janssen) y virus atenuado (Sinovac).

Cada una tiene una forma particular de presentar el antígeno (es decir, la proteína spike o de espícula, a excepción de Sinovac que presenta al virus completo) ante el sistema inmune.

Hacerlo a través de un vector viral (un adenovirus para este caso), por ejemplo, da señales especiales de activación al sistema inmune como la activación de células T CD8 (que reconocen y destruyen las células infectadas).

Hacerlo con el virus completo (que contiene más proteínas además de la spike) genera respuestas inmunes protectoras ante todas ellas.

Y, finalmente, hacerlo mediante ARN mensajero (que mantiene estable a la proteína por más tiempo) implica que las células del sistema inmune tengan más tiempo para activarse. Todo ello puede influir en cada persona, es decir, las combinaciones y probabilidades de presentación de síntomas son casi infinitas.

Además de esto, cada una de las plataformas suele contar con adyuvantes específicos (compuestos que van en las vacunas para ayudarles a cumplir su misión), que también puede influir.

De acuerdo con el doctor Restrepo se ha evidenciado, por ejemplo, que las vacunas de tipo ARN mensajero tienden a causar con frecuencia efectos secundarios leves como malestar general, fiebre y dolor en el sitio de aplicación, “todo ello es normal y autolimitado, de hecho dura más o menos un día y suele ser más frecuente en la población joven”.


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Por otro lado, continúa, de las vacunas que menos efectos secundarios registra es Sinovac que utiliza un mecanismo ya muy explorado: tomar el virus e inactivarlo (“matarlo”) para que no pueda hacer daño, pero sí motivar la respuesta inmune. Los hallazgos se han presentado tanto en población adulta como en niños. “La frecuencia de efectos secundarios con esta es menor que la que tienen las demás vacunas”, puntualiza. Así, en el intermedio de qué tantos síntomas desencadenan están los biológicos de vector viral: AstraZeneca y Janssen.

Según el número de dosis

En un sentido similar, también se ha comprobado que las segundas y terceras dosis (sin ser un determinante) pueden desencadenar un poco más de síntomas que la primera. “La segunda de Janssen, por ejemplo, puede dar más síntomas y la tercera de Pfizer también”, agrega el docente y reitera que es algo que varía entre individuos.

Esto no debería generarle temor porque se trata de manifestaciones leves y comunes que, que pueden ser tratadas con medicamentos como acetaminofén.

El docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia, Pablo Patiño, PhD en Ciencias Básicas Biomédicas, explica que tener algún malestar con la segunda o la tercera dosis, contrario a significar una mala señal, puede indicar una correcta reactivación de la respuesta inmune inicial, “es un indicador de que la persona tiene lo que se llama memoria inmunológica y es algo normal”.

Son tres los factores claves que influyen en tener o no síntomas: el tipo de vacuna, la edad de la persona y el individuo mismo.

Lo que le haya sucedido a usted no tiene por qué pasarle a su hermano o amigo más cercano y, recuerde que más que ser una señal de buena o mala calidad de su sistema inmune, se trata de variabilidad biológica: usted es único.

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