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Los siete potasios
Hay una costumbre traída de España, y que llegó aquí por Venezuela, de comer siete platos distintos en el almuerzo del Jueves Santo.
Martes, 4 de Abril de 2023

La semana pasada me encontré con una amiga, venida del campo. La primera vez que la vi hace ya algunos años, fue en el parque Santander. Estaba llorando, y a mí me enternecen las mujeres llorosas –es decir, todas-. Me dijo que estaba perdida. Era gordita, pero con una gordura simpática. Por entre las lágrimas le vi sus ojos indios y me acordé de aquel viejo vallenato de Alfredo Gutiérrez (Tienes los ojos indios, como me gustan a mí…). Me contó que le habían puesto una cita en el parque de la bola y que no lo encontraba, pues había llegado al parque de las palomas.

Le aclaré lo de los nombres: el de la Bola es el parque Nacional, y el de las palomas es el parque Santander

¿Y por qué le cambian los nombres? –me dijo la gordita, sorbiéndose los mocos.

Le respondí que cambiar nombres es una costumbre de todas partes, pero muy generalizada aquí en Cúcuta. Al parque Nacional lo llaman de la Bola, por la esfera terrestre que allí adorna al parque, regalo de la colonia italiana hace ya muchos años. Y el de las palomas, por la cantidad de palomas que aquí permanecen a la espera de niños, turistas y fotógrafos que les llevan alpiste.

 Sonrió y su sonrisa era alegre, encantadora. La orienté hacia el parque Nacional, donde iba a encontrarse con alguien.

Han pasado los años y la semana pasada la volví a ver esta vez en la Biblioteca Julio Pérez Ferrero.

-Epa, mano, me lo volví a topar –me dijo sonriente.

-Hola, qué gusto –ni siquiera sé su nombre-. ¿Y esa vaina qué hace por aquí?-la saludé cordialmente. La abracé y le di un beso en la mejilla.

-Uy, me besó el cachete –dijo como azarada.

-La mejilla –le corregí.

-Eso es la misma joda –añadió.-Lo mismo es atrás que a las costillas.

Pues sí- le dije.

-¿Y qué hace por aquí? ¿Viene a leer o a investigar algo?

-Yo casi no leigo. Pero me gusta escribir.

Así que la campesinita me salió escritora. Eso me alegró. -Y qué escribes (empecé a tutearla)

-Hago versos, acrósticos y pensamientos.

-Fabuloso. Yo también escribo. Qué bueno –le dije y la abracé de nuevo, pero ella me advirtió: “Sin beso en la ¿qué? ¿Cómo fue que me dijo?”

-En el cachete –le contesté riéndome. Se rio también y su risa fue cantarina, como sonido de flauta de monte.

-Vengo a ofrecer hayacas por adelantado–me dijo.

-¿Hayacas en Semana Santa?  Me quedé pensando que las hayacas son para diciembre o alguna celebración especial, pero no para Semana Santa.

-Son para los siete potasios del Jueves Santo.

   No aguanté la risa. Me reí a carcajadas. Se ofendió y me dijo que fuera a reírme de mi mamá, y antes de que mandara a comer de la que sabemos, la tomé por el brazo, y le pedí que me excusara, pero que no fuera grosera. Entonces me explicó: “Es que mi mama me dijo que el jueves santo comen los siete potasios. ¿No es así?”

Le respondí que, en efecto, hay una costumbre traída de España, y que llegó aquí por Venezuela, de comer siete platos distintos en el almuerzo del Jueves Santo. Eso se llama Los siete Potajes. Potasio es otra cosa. Pero no importa. ¿Y cómo es por adelantado?

-Que usted me las paga hoy y el jueves santo yo se las llevo a su casa.

Le dije que no, que gracias, que no me gustan los potasios.

-Mucho toche –me dijo, y se alejó sonriendo.

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