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Las ‘reinas’ de las noches cucuteñas

Sábado, 19 de Agosto de 2017
Con el paso de los días, las calles de la ciudad se inundan de venezolanas que ofrecen un rato de placer a cambio de dinero.

Es jueves, los arreboles son el presagio de un día muy caluroso y agitado. Por las nubes se cuelan sigilosamente los rayos del sol, pintando de colores el cielo cucuteño. El reloj no ha terminado de marcar las 9:00 de la mañana y el estrés diario de la ciudad empieza a notarse. El ajetreo también se siente en la frontera con Venezuela, donde se vive un ambiente de incertidumbre con el ingreso de miles de habitantes de ese país a Colombia. Vienen en busca de alimentos o para solucionar sus problemas económicos, pues la crisis se agudiza cada vez más en el país vecino.

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En el centro, especialmente en gran parte de la avenida séptima, pasando por lugares emblemáticos de Cúcuta como la antigua cárcel Modelo, el parque Mercedes Ábrego y la Terminal de Transporte se puede apreciar mejor ese ir y venir de los venezolanos. Algunos bares, cantinas, billares, residencias, ferreterías, peluquerías, almacenes, supermercados, entre otros, ubicados por este enorme sector donde los reciben como clientes, sin importar su procedencia. La música a alto volumen que sale de un par de locales, se mezcla con el bullicio del tráfico vehicular y el grito de los vendedores ambulantes, que arriban a ese sitio junto a los habitantes de la calle. Bienvenidos, el ‘mercado persa’ de la frontera abrió sus puertas.

La Policía Metropolitana adelanta constantes controles en los negocios de lenocinio que funcionan en Cúcuta.

De día, la zona céntrica es agitada, sofocante, ensordecedora... Pero a medida que las horas pasan, el ritmo desciende. Pareciera que en esta ciudad de frontera, cuando la noche cae, la moneda cambia de cara, envuelta en un manto oscuro y cauteloso que da paso a un ambiente de diversión y todo lo que eso significa en esa zona: música, bebidas embriagantes, sexo y drogas.

Y gran parte de esas mujeres que llegaron por la frontera con el sol a cuestas, pasando los puentes internacionales Simón Bolívar (Villa del Rosario), Francisco de Paula Santander (Cúcuta) o La Unión (Puerto Santander), dejando sus hogares y despojándose de ese papel de mamá y profesional y hasta truncando sus sueños, son las que se integran a ese entorno de jolgorio, con una sola finalidad: ganar dinero para tener con que vivir y mantener a su familia, que se quedó aguantando la crisis en Venezuela. La mayoría de ellas no les  cuentan a sus seres queridos en qué andan.

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Entre esas cientos de mujeres que por una u otra razón se ven obligadas a vender su cuerpo en las calles de la capital nortesantandereana, se encuentra Naomi*, de 22 años, quien lleva menos de tres meses en ese mundo. Esta joven asegura que se vino de Venezuela en busca de trabajo, porque en su país la situación económica cada día es más deplorable. “Allá, si teníamos dinero para comer, no había para comprarles pañales a mis hijas, era algo muy triste para mí, por eso decidí venirme para acá (Cúcuta)”, relata.

Muy mal debió haberla pasado esta joven en su país natal para que decidiera agarrar a sus dos pequeñas, la  bebé de cuatro meses de nacida y la otra 5 años, y montarse en un bus que salió el pasado 27 de mayo desde Valencia hacia El Vigía (estado Mérida). Una vez ahí, le entregó la niña mayor a una de sus hermanas, quien reside en esa población, para que se la cuidara, mientras que ella, junto con la recién nacida, seguía hacia Boca de Grita, fronteriza con Colombia.

Pese a los controles que hacen las autoridades, existen riesgos de salud pública.

“Yo venía con una muchacha que estaba en las mismas condiciones mías. Las dos pasamos la frontera y llegamos a Puerto Santander, ahí le pedimos a un señor de una buseta que nos trajera a Cúcuta por casi la mitad del pasaje, pues no teníamos nada de plata. Durante todo el viaje desde Valencia hasta acá, no comimos nada, las niñas me pedían que les diera algo de comer y yo les decía que no me molestaran, eso fue horrible”, cuenta Naomi* con voz temblorosa, a punto de llorar.

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Ella y la amiga, después de muchas horas de viaje, arribaron a la capital de Norte de Santander, sin saber qué hacer, por eso buscaron una residencia por los alrededores de la Terminal de Transporte, en busca de una habitación. “Hablamos con la señora y le dijimos que nos alquilara un cuarto, que nosotras salíamos a trabajar en lo que fuera y ahí le íbamos pagando, y ella aceptó”.

Al otro día de su llegada, Naomi* salió a buscar trabajo, dejando a la bebé con su amiga, pero después de recorrer algunos sitios, no encontró nada. Así duró por lo menos unos cinco días. “Ya sin otra opción, me dedique a esto, a vender mi cuerpo. Solo me interesa es recoger dinero para poder vivir y mantener a mi hija. Cuando estaba en Valencia yo vendía arepas, tamales, me la rebuscaba y me iba muy bien, pero con esa crisis no se consigue nada, ahora eso hace parte de mi pasado. Todo lo que hago, lo hago por mis hijas”.

Ya después de casi tres meses de estar en Cúcuta, ella sostiene que lo más duro en estos momentos es no tener cerca a su bebé, pues por el mundo en el que se mueve no le es posible estar con ella. “Los primeros días que empecé a trabajar en esto, algunas compañeras me cuidaban a la niña. Yo iba con un cliente rápido y volvía a estar con mi pequeña, pero poco a poco tuve que buscar a alguien que me la cuidara”.

Fue así como la joven consiguió a una señora en un barrio de la ciudadela Juan Atalaya, que le cuidara su pequeña. *Naomi, mientras tanto recuerda con tristeza su situación y menciona: “yo la veo cada vez que puedo, esto es muy duro. Pero me toca así para poder ganarme algo de dinero y tener con que comer, vestir y en donde dormir”, dice.

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Su turno comienza a las 8:00 de la noche, cuando por muchas de las esquinas de los barrios El Llano y El Callejón, en la zona céntrica de Cúcuta, empiezan a aparecer estas mujeres, con sus vestidos cortos o pequeñas prendas que cubran lo necesario y provocan lo suficiente, muestran sus atributos. Todas se pasean de un lado a otro, entrando y saliendo de cada uno de esos locales donde se ofrece: un rato de sexo, por unos cuantos miles de pesos, sin importar quién sea el cliente.

Según sus cálculos, ellas se pueden ganar diariamente entre $100.000 o $200.000, todo depende del día y de cómo este el movimiento de clientes. Ahora mismo, ella y un grupo de 20 jóvenes se paran justo al frente de un hotel a esperar quién llega. Por eso, así como la historia de Naomi son muchas las que se pueden escuchar en cada una de las esquinas donde estas venezolanas se posan a esperar que algún hombre o mujer las busque. (Si quieren escuchar y ver otras historias de estas mujeres pueden encontrarlas en www.laopinion.com.co)

En las afueras de residencias y hoteles de los barrios El Llano y El Callejón se pueden ver a muchas venezolanas esperando a sus clientes.
 
Entre el riesgo y el goce

Pese a que Naomi y el resto de entrevistadas aseguran con firmeza que lo que ellas hacen es un trabajo como cualquier otro, reconocen que los riesgos que corren son muy grandes, “porque no es solo el asedio de las bandas criminales, de las estructuras de microtráfico y las redes de prostitución, sino también las enfermedades sexuales que se pueden contraer y en otras ocasiones olvidamos que somos mujeres de hogar, pues acá llega toda clase de hombre o mujer buscándonos y ofreciéndonos cosas para hacer lo que ellos quieran, como tener sexo sin ninguna clase de protección, y muchas por ganarse unos pesos de más, lo hacen”, afirma Nataly*, trabajadora sexual.

Diana Cristina Rodríguez, sicóloga de la Corporación Vida y Progreso, organización que fue contratada el año pasado por el Instituto Departamental de Salud (IDS), con el objetivo de desarrollar una estrategia para disminuir los riesgos biológicos, sicológicos y sociales de las trabajadoras sexuales que laboran en algunos negocios del barrio El Callejón, sostiene que las mujeres que entran al mundo de la prostitución terminan convirtiéndose en un objeto para los hombres y ellas pasan a volverse materialistas, donde todo lo que hacen, lo hacen por dinero.

“Eso varía en la percepción que tiene cada mujer o en la forma de ser de ellas. Algunas empiezan a desvalorizarse demasiado y es donde les da muy duro en su autoestima. Pierden el miedo a tener ese contacto con uno, dos o tres hombres, les da lo mismo estar con uno u otro. Eso les da muy duro en el ser mujer, aunque hay algunas de ellas a las que no les pasa eso, en fin todo depende del impulso que les den sus mismas compañeras. Hay unas de esas trabajadoras sexuales que después de un tiempo salen de ese oficio y siguen como si nada, solo fue un paso en sus vidas o un trabajo como cualquier otro donde estuvieron por unos días y lo dejaron atrás”, asegura Rodríguez.

Y agrega: “la gran mayoría de estas mujeres jamás habían sido trabajadoras sexuales y hoy lo están haciendo porque les tocó. Por eso, los dueños de esos negocios, donde ellas laboran, se vuelven sus terapeutas, pues si llegaron ahí es porque algún familiar o amiga les dijo que les podía ir bien. Muchas vienen marcadas por el abandono que han sufrido por parte de sus esposos y también han sido maltratadas. Pero lo más sorprendente es que muchas de ellas llegaron obligadas, por la situación económica por lo que atraviesa Venezuela, por eso no es raro encontrarse enfermeras, médicas, ingenieras, arquitectas, profesoras, amas de casa o hasta aquellas que fueron de la Guardia Nacional”.

Y precisamente, hablando con muchas de estas venezolanas queda claro que uno de sus anhelos es regresar, porque no se quieren quedar sometidas a este mundo donde el que manda es el factor dinero, sin importar lo que ellas quieren o piensan. Donde no tienen ni quiera seguridad social y ni la oportunidad de asegurar su vejez con una pensión.

La Policía lo único que les exige a las trabajadoras sexuales es el examen médico y la cédula de identidad.
 
Sin Dios ni ley

¿Quién controla esto? Nadie, pues ni Migración Colombia, ni la Policía, ni la Alcaldía tienen una cifra exacta de cuántas venezolanas hoy se encuentran en Cúcuta y mucho menos cuántas de ellas son trabajadoras sexuales. La Opinión solicitó esos datos a estas autoridades y la explicación que dieron es que ellas hacen parte de una población flotante que es muy difícil calcular.

Además, “cuando se hacen operativos en los bares, en un solo sitio se pueden encontrar hasta 40 mujeres, pero ellas están por unas cuantas semanas,  vuelven y se van, y a los días regresan”, revela Óscar Gerardino Astier, secretario de Gobierno municipal. Argumentación que resulta rara y contradictoria, porque si no se tiene un censo, cómo se sabe que estas personas están unas semanas, se van a su tierra y regresan. Por ahora, lo único claro que tienen las autoridades, es que diariamente por los pasos fronterizos legalmente establecidos, circulan entre 30.000 y 40.000 personas que vienen del país vecino.

Y una clara muestra de ese descontrol se ve caminando por algunas calles de los barrios El Callejón y El Llano, como lo hizo un periodista de La Opinión. En muchas de las esquinas de estos sectores de Cúcuta se encuentran pequeños grupos de jóvenes ofreciendo los servicios sexuales. Mal contadas esas mujeres sumarían 500, un número que podría aumentar con el paso de los días. 

Esta situación podría llegar a convertirse en una problemática de salud pública, pues como algunas de las trabajadoras sexuales sostienen, hay clientes que llegan a ofrecer mucho más dinero para que les presente un servicio sin ningún tipo de protección y hay mujeres que lo aceptan. Aunque el IDS ha hecho algunas acciones para tratar de que esto no suceda.

Cecilia Navarro Quintero, quien es responsable de la división de sexualidad y derechos sexuales y reproductivos del IDS, explicó que el año pasado hicieron un trabajo con las mujeres que hoy están en este mundo de la prostitución, donde registraron a 74 de estas mujeres y conocieron de cerca cómo son los entornos donde laboran.

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“La idea es caracterizar en cada municipio de Norte de Santander las trabajadoras sexuales, con el fin de determinar el riesgo para tomar medidas y decisiones en lo que tenga que ver las enfermedades de transmisión sexual, VIH sida o hepatitis B y C. El año pasado hicimos este trabajo acá en Cúcuta. Los resultados nos pusieron a analizar que debemos trabajar mucho en la parte de salud mental de esta población, pues podemos ver que esas enfermedades no es de las trabajadoras sexuales, pues estas mujeres que están en los negocios se hacen exámenes periódicos”, explicó la funcionaria.

Sin embargo, para las autoridades de salud es claro que muchas de esas venezolanas que permanecen en las calles y no en un establecimiento, no se cuidan como es debido. Así lo explicó una trabajadora sexual, quien aseguró que le decían Samanta*: “acá llegan hombres de todo tipo y de cualquier estrato social. Todos buscan lo mismo, sexo. Y como nosotros cobramos más barato que las colombianas, somos más apetecidas. Cuando estamos en la relación hay quienes nos ofrecen más plata porque hagamos cosas sin el condón y pues uno valora y si ve que él es limpio y huele a rico, no hay ningún problema”.

Y precisamente esos riesgos son los que más tiene alarmadas a las autoridades, pues saben que las enfermedades de transmisión sexual podría aumentar más de lo que se viene dando en Cúcuta. “Ante eso es que se está haciendo la caracterización, pues tenemos claro que estas mujeres se están moviendo por diferentes municipios. También estamos entregándoles preservativos y que aprendan a usarlos, además, estamos reuniéndonos con las autoridades policiales y migratorias para ser más efectivos”, dice Cecilia Navarro. 

En pequeños cuartos, que hay en los establecimientos, es donde se prestan los ratos de placer.

Herramientas legales

Y para todas estas mujeres que hoy se mueven en este oficio de la prostitución ya existe un fallo de tutela que deja en firme el derecho a ejercer dicha profesión y que les ayuda a reclamar más atención, tanto para evitar esas enfermedades de transmisión sexual, como para pedir el respeto que se merecen. “En caso tal que personas extranjeras decidan desempeñarse como trabajadores sexuales en Colombia, estas entidades (de salud, migratorias y policiales) deben apoyarlas en la consecución de sus visas de trabajo y demás documentos que les permitan laborar en forma regular y sin persecuciones o vulneraciones de ninguna clase”, indica la Corte Constitucional.

Fidelia Suárez, presidenta del sindicato de trabajadoras sexuales de Colombia asegura que: “el trabajo sexual no es pecado, pecado es dejar que mi familia se muera de hambre. No somos víctimas, y aunque nuestros títulos son de la Universidad de la Calle, somos sicólogas de los clientes y frenteamos el mundo”.  

“Por eso es que nosotras lo único que pedimos es que nos dejen trabajar, pues si lo hacemos es porque lo necesitamos. Acá nosotras no vinimos a hacer ningún daño y cada vez que la Policía pasa, se da cuenta de eso, además, contamos con los exámenes médicos que nos piden”, asegura Nataly, mientras se retira en busca de un cliente.

*Nombres cambiados por protección de las entrevistadas.

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