Desde hace dos décadas, Alonso Argüello fue 'atrapado' por el teatro

Viernes, 26 de Marzo de 2021
En Medellín, Argüello ha trabajado de la mano de las comunas 5 y 8 y de la Universidad de Antioquia.

Alonso Argüello fue atrapado por el teatro después de hacer una fonomímica cuando estaba en el colegio. Y ese telón se alzó por primera vez siendo estudiante de bachiller y quedó  hipnotizado con los atronadores aplausos y las carcajadas del público. Por eso salió de Chinácota para consolidarse en las artes escénicas en la Universidad de Antioquia, en 1992, donde ha tejido su propia maraña que lo han convertido en un referente de la cultura. Su repertorio como director, actor, escritor es amplio en el teatro, en el cine: ‘El opio del pueblo’, ‘El silencio de los pájaros’, ‘Hilos cruzados’, ‘La muerte de Pedro Canales’, ‘Pasos de héroes’ y ‘Puerta tres’, entre otras películas. Argüello fue invitado a Cúcuta a dictar unas charlas como antesala del Día Mundial del Teatro.

¿Qué le evoca Chinácota?

Me evoca ancestro, infancia, inspiración, esparcimiento, tradiciones, fútbol, colegio, neblina, calor humano, paisajes, encanto.

¿La primera vez que se alzó el telón y lo dejó frente al público?

Fue en la Escuela Urbana de Chinácota. En un salón múltiple cuando interpreté ‘Cinda la tonta’, vestido de mujer, una comedia costumbrista. Ahí escuché las primeras carcajadas con mi histrionismo.

¿Una quijotada que lo haya marcado?

Haber hecho, en el colegio San  Luis Gonzaga, en Chinácota, de El Quijote de la Mancha. No era tan alto como se lo imaginó Cervantes.

¿Qué hacer mientras los pájaros hacen silencio?

Escuchar eso que no vemos. El silencio es fundamental en el arte, en la creación, nos conecta con nuestro ser, con nuestra esencia.

¿Cuál es el opio del pueblo?

Son muchas cosas: el sistema, la sociedad de consumo en que vivimos. Es todo aquello que de alguna manera está en la vida cotidiana, son formas alienígenas de los individuos para mantenerlos distraidos, frente a temas fundamentales.

¿Qué tanto tiene de paisa?

Acá me dicen ‘paisa reencauchado’, pero no. Chinácota sigue siendo mi primera patria. Allá soy ‘el chamo santandereano’. Llevo 27 años  en Medellín, pero siempre estoy de retorno a Chinácota.

¿En qué momento le han dicho: ¡manos arriba!?

En primaria:  los profesores me decían: manos arriba, a los lados, al frente...  De resto no me han atracado.

¿Cine, televisión o teatro?

Todas las anteriores. Me ha gustado combinar  esos roles. Incluso el de gestor cultural, formador, director, emprendedor. Pero en esencia soy actor.

¿Teatro abierto a qué?

A la vida, a las diferentes artes, profesiones, a las fronteras, a ampliar el horizonte del pensamiento. Mantener la antorcha encendida, como lo hace la corporación TEA.

¿Considera que ha dado pasos de héroe?

Sí.  Desde el momento mismo que salí solo de mi tierra, a una ciudad que estaba en un contexto difícil y me arriesgué a estudiar una profesión que no se veía seria: el teatro. Pero uno es el que le da estatus a la profesión. Me considero un héroe de superar mis limitaciones, de cumplir mis sueños. Hoy tengo reconocimiento en Medellín, un trabajo, un proceso. Batallas ganadas.

Reflexión de la pandemia...

Es volvernos a encontrar con nuestra esencia, con lo que somos. El encierro, la cuarentena, todo lo que hemos vivido es un poco de pausa, de no correr tanto, de mirarnos de otra manera.

A propósito de Semana Santa ¿A quién crucificaría?

 Al sistema en que vivimos. A los malos gobernantes, a los que no saben leer los contextos de la cultura, del arte, que nos permite ser feliz. A los  corruptos.

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El actor debe tener todas las facetas.
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Celmira Figueroa