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Monguí: el pueblo boyacense dedicado a la creación de balones

Lunes, 14 de Marzo de 2022
Además es una joya de arquitectura, gastronomía y artesanías

A más de 3.500 metros de altura, ubicado entre bosques frondosos, campos repletos de ganado y el mágico Páramo del Ocetá —el más hermoso del mundo— se encuentra Monguí, una pequeña localidad boyacense de no más de 5.000 habitantes en la que aprender a elaborar balones de fútbol es casi tan importante como saber caminar.

En la plaza principal, a unos veinte metros de la Basílica Nuestra Señora de Monguí, se erige en piedra un pequeño monumento construido en el año 2006, en el que dos manos gruesas agarran con firmeza un balón, un elemento que poco se ve rebotar en las pequeñas y empinadas calles del pueblo, pero que ha sido el elemento transformador de un lugar que no delira por el fútbol, pero que sí vive para él.

Frente al monumento, Sara Cely, ciudadana monguiseña y guía turística de la agencia Monguí Travel (la más reconocida por los viajeros), explica que su lugar de nacimiento hace parte de la red de Pueblos Patrimonio de Colombia gracias a la belleza colonial de su arquitectura y también a su legado fabricando balones, una actividad que podría representar, según sus palabras, el 50 % de la economía local. —la agricultura y el turismo completan la otra mitad— dice.


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Alrededor de la plaza, 32 fábricas, en su mayoría familiares, trabajan en el cocido, armado y producción de balones de fútbol. Cada una tiene su secreto para hacerlo mejor y contribuir a unos cuantos números redondos: en total, cada fábrica arma unos 800 balones diarios, lo que arroja una cifra anual de 500.000 productos terminados que, en la actualidad, se envían a los mercados locales, pero también internacionales.

Monguí

En los balcones de las casas, los esféricos de diferentes tamaños y diseños de equipos nacionales y extranjeros cuelgan como racimos, exhibidos como el producto que un visitante debe llevar para contar la historia de que estuvo en Monguí.

La historia

El monumento al balón, tiene en su parte inferior una placa en la que reposan los nombres de los dos monguiseños que trajeron este elemento al pueblo en la década de los treinta: los hermanos Froilán y Manuel Ladino.

Eran tiempos bélicos en Colombia: el 1 de septiembre del año 1932, medio centenar de peruanos invadieron la ciudad de Leticia, Amazonas, para reclamarla como propiedad del país inca.

Aunque, en principio, los dos gobiernos implicados se vieron sorprendidos con el incidente, con el pasar de los días, el conflicto se agravó porque el presidente peruano de la época, Luis Miguel Sánchez Cerro, en un acto de patriotismo, decidió apoyar al grupo que ya había desalojado y enviado hacia Brasil a la policía colombiana.

En medio de ese contexto, el joven Froilán Ladino, que en ese entonces era un aprendiz de talabartería, fue reclutado por el ejército y enviado a combatir en esa zona.


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Lo que más se recuerda del soldado Ladino, no obstante, no es su desempeño en ese conflicto, sino el hecho de haber descubierto cómo se fabricaban los balones de fútbol en esa zona: en ese momento se cosían a mano y tenían en su interior una vejiga animal.

A su regreso a Monguí, en 1934, Froilán llegó con el balón que se produjo para la edición de la primera Copa del Mundo (Uruguay 1930). Sin embargo, según narra la guía e historiadora de Monguí Travel, su idea principal no era desarrollar ese mercado. —El señor Ladino quería dedicarse a la fabricación de chaquetas y zapatos, pero no le fue bien, porque aquí la gente nunca se quita la ruana— cuenta.

Fue en ese momento cuando la idea de los balones rodó por su mente y por la de su hermano, Manuel, quien fue su aliado al momento de darle vida a un negocio que cambiaría al pueblo.

 

Monguí

Luego de aprender a curtir el cuero y de conseguir vejigas de cerdo que sirvieran como válvulas, Froilán y Manuel montaron su idea y la replicaron en doce personas, a quienes llamaron los doce apóstoles, quienes, a su vez, también montaron sus respectivas fábricas de balones, regando la tradición de generación en generación.

Cely, de nuevo con orgullo, hace énfasis en que, en todo este proceso, el aporte de la mujer boyacense ha sido —y sigue siendo— determinante. Su mirada señala otro monumento cercano, en el que se ve a una señora de edad cociendo un balón.

—Aunque el balón llegó aquí por dos hombres, esta es una labor que desarrollan las mujeres. Que ellas llevaran ingresos a los hogares, fue también una forma de liberarnos en un pueblo muy machista— asegura.

El primer balón cosido a mano se registró en Monguí en 1938, años después de que los Ladino hubieran construido las herramientas para elaborar los balones, como troqueladores, compresores y moldes para darles forma a los esféricos de manera artesanal.

El museo del balón

Diagonal a la plaza principal del pueblo se encuentra el Museo del Balón, una pequeña casa que en tres habitaciones contiene diferentes balones históricos de los Mundiales y periódicos referentes a la historia de la familia Ladino.

Arnulfo, nieto de Manuel, cuenta que fue su abuelo el que potenció el negocio luego de que Froilán se fuera a vivir a Duitama.


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Sentado en una mesa de madera del segundo piso, desde donde se ve una panorámica del centro del pueblo, relata que, en los tiempos de bonanza, su abuelo tuvo más de 1000 empleados.

Sin embargo, el paso de los años les ha traído dificultades: la primera es la evolución de los balones, que ahora son elaborados en máquinas vulcanizadoras que producen más rápido que cuando se hace cosido manual y la importación de balones de países como China y Pakistán, que se consiguen a un precio mucho más bajo.

Nos va muy bien, por ejemplo, cuando hay elecciones y realizamos balones publicitarios— afirma con un dejo de nostalgia en su rostro.

El Museo del Balón, que es de acceso gratuito, busca que los turistas ingresen y se enteren de todo el proceso, para que así no solo lo difundan, sino que también compren el producto, que tiene precios que varían desde los 5000 pesos —los balones más pequeños— hasta los 200.000.

En medio de las tranquilas y silenciosas montañas boyacenses, donde las manecillas de los relojes parecen no tener la suficiente fuerza para querer avanzar, Monguí se aferra, de manera casi anónima, a mantener viva una tradición que genera millones de emociones en todo el mundo.

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